Botox o toxina botulínica

La toxina botulínica más conocida por todos como Botox (nombre comercial)  es una de las técnicas usadas, más extendidas en el mundo,  para hacer desaparecer las arrugas del rostro sin tener que recurrir a la cirugía y todo lo que ello conlleva.

En realidad, la toxina es una bacteria que actualmente se utiliza con fines estéticos aunque también tiene otros usos médicos.

Como en toda técnica estética el Botox debe usarse y dosificarse con precaución. Se aplica mediante inyecciones (entre seis y ocho) en el entrecejo y en la frente, y para hacer desaparecer las arrugas que aparecen en el contorno de los ojos, como las “patas de gallo”.

Los resultados se aprecian a las pocas semanas pero, como en todas las técnicas estéticas basadas en infiltraciones,  éstos son de poca duración ( no más de seis meses ).

La utilización del Botox es un procedimiento que no tiene muchas complicaciones, y sólo se podrían producir graves efectos secundarios si se inyectaran en una misma sesión cantidades muy grandes de toxina botulínica. Ni siquiera con el paso de los años se han detectado problemas graves y hace más de veinte años que el Botox comenzó a usarse en estética.
No está indicado en personas con problemas de alergia a fármacos, con alteraciones del sistema nervioso o inmunológico o que padezcan esclerosis múltiple.

Como es lógico, el tratamiento con Botox está dirigido, principalmente, a personas con cierta edad y, en todo caso, a personas más jóvenes que han sufrido un deterioro rápido de su rostro por causas diversas.

Algunos efectos secundarios de la aplicación pueden ser reacciones alérgicas, hinchazón, entumecimiento, pérdida de expresión facial  y, en casos muy graves, parálisis si por mala praxis el Botox afectara a algún músculo.